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La ch’alla de febrero en La Paz

Cada año, la tierra escucha y responde.

En el campo, la challa es fertilidad y agradecimiento: pétalos sobre la tierra, ollas con papas cocidas, cigarros, coca y alcohol enterrados como alimento para la Madre Tierra. Febrero marca el tiempo propicio para este encuentro.

En la ciudad, la challa se transforma en pertenencia y prosperidad. Casas, negocios y automóviles se adornan con serpentinas y confites, mientras el alcohol se rocía en las esquinas como gesto de protección. En mercados como Villa Dolores, las comerciantes aymaras convierten el espacio cotidiano en escenario ritual: agradecen por el sustento y piden prosperidad. Lo económico y lo espiritual se cruzan en un mismo territorio.

La mesa o apxata, altar cubierto por aguayo y colmado de frutas, caramelos, especias, cereales y maderas aromáticas, condensa la estética de la challa. Al ser quemada y enterrada, la ofrenda se transforma en humo y ceniza, puente entre lo visible y lo invisible.

La comida es otro eje central como el Puchero paceño del martes de challa o el ancestral Aptapi del altiplano son más que platos: son expresiones de comunidad y reciprocidad

Y la challa, pintoresca y exuberante, se convierte en memoria y continuidad. En esta revista digital, las fotografías de 2026 acompañan el relato: serpentinas suspendidas, pétalos sobre la tierra húmeda, humo que se eleva. Cada imagen es parte de una narración que Bolivia escribe año tras año, challa tras challa, como páginas que la Pachamama guarda en silencio.

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